Comenzó mi canto antes de los estertores del parto
de mi Madre.
Se estremeció entre los horrores genocidas
de la segunda guerra.
Salmones rosados de Nahuelbuta
desovando en sus postreros instantes
entre gélidos saltos del Cabrería...
me entregaron palabras y más palabras.
las huellas de los pumas sobre la nieve
me tornaron ansioso
y los altos araucarias me regalaron
miles de voces de choroyes,
mientras los carpinteros gigantes y pequeños
perforaban la pulpa milenaria.
Llovieron vocablos tras vocablos
entre la tormenta,
en tanto mis padres tiraban cabalgaduras
cruzando raudos roqueríos del torrente.
Colgando de los ijares de las bestias,
angustiados, inventábamos
nuevas palabras.
Truenos y relámpagos se estrellaban
en el cenit, y el asombro
seguía abriendo miles
de ventanas.
Ya en la primavera valdiviana,
perdido entre hinojos y rozales,
conversé extasiado
con mariposas y caracoles.
Elevando sus tactivisuales, captaban
mis mensajes de vanguardia...
y sus tenues huellas plateadas dibujaban
sobre el rocío de los talos.
Innumerables voces y palabras oía confundiéndose
entre el ladrido lejano de los perros,
y la solemnidad de las campanas del crepúsculo.
En el húmedo subterráneo de la enorme casa
conocí el lenguaje multicolor
de duendes y candelillas,
entre rayitos de sol
que animaban la penumbra.
Nuestras yemas contaban cientos
de cantaritos dispersos en la tierra.
La aspereza vizcosa de los moluscos impregnaba
nuestras manos pequeñas y laboriosas.
Entre cantos campesinos y palabras
gorjeaban las ponedoras dentro
de unas góndolas atestadas de gente,
sofocada,
entre toses y panas de las máquinas,
llenas de chiquillos mareados.
Tras un trecho interminable de horas,
lo verdoso del Lago se adornaba con picachos
de nieve, elevados.
Ya en el Enco rompiendo las aguas,
nos balanceábamos.
Blanca y majestuosa se yergue la figura
del Choshuenco.
Lentamente ascendían la cordillera
de Los Andes los K-10 madereros de Neltume
y un enorme puente suspendido
descolgaba el Huilo-Huilo
sobre el profundo corte precipitado
de las aguas.
Todos los días la sierena del Golf llevaba
la cuenta de las horas.
Turnos y turnos se sucedían entre el ruido
incesante de la fábrica
y los niños, de vuelta de la escuela cruzaban
a diario, un alto bosque de hualles
cargados de digüeñes,
para completar, paulatinamente,
el registro permanente de palabras.
En el invierno, los pumas,
patios blancos, nevados
invadían,
y antiguos y yertos brazos vegetales
que al cielo clamaban,
rayos quebrándose...quemaban.
junto a canoas apellinadas, con o sin sol,
apaleaban nuestras madres
la ropa enjabonada
sobre un grueso tocón, enmudecido.
La inminente llegada de tormentas presagiaba
el eco de los golpes.
Estremercerse el aire
harían contra los vidrios...perdiéndose...
lentamente...allende los Andes...el eco
cordillerano de los truenos.
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