Mi canto estuvo en el primer llanto,
al atraparme la atmósfera pestilente de este mundo.
Fueron el balbuceo y la sonoridad primigenia
al expresarme,las primeras claves
y códigos construidos.
Fue mi alegría y mi asombro tras haber
reunido las primeras letras.
Fue el abrazo furtivo
a la niña de siete de mis juegos.
No fue un revolcón adolescente
en una playa cualquiera.
Se forja en el niño descalzo que va
de la escuela al hospital diariamente.
Se forja cuando pléyades de infantes fueron
discriminados por segundo.
Se forja cuando miles de ellos son abusados
por ascendientes
o por quienes se refugian tras hábitos
seulares o religiosos.
Cuando reconocen tus deberes y derechos.
Cuando vas creando y recreando
este mundo sin censores sumergidos
ni emergentes,
con tus padres y maestros.
Mi canto se forja entre miles de contradicciones
que sostienen a esta torre de babel
entre narcisismo e indiferencia vital.
Mi canto tiene principios.
No tiene prejuicios ancestrales.
Se opone a que señores en celibato
aparente, o con fueros de cualquier especie,
nos controlen vía spots publicitarios.
Mi canto se opone a que terceros arrebaten
mi pareja, adictos o no al imperio romano.
Se opone a la complicidad del narcisismo maligno
diezmado por pecados de omisión.
Se enamora sin condiciones,
sin importar lo que creas,
lo que tengas o no tengas, ni tu origen.
Mi canto amará eternamente,
con o sin ley de divorcio,
en chileno, mapuche, aymara o quiché,
porque mi canto sabe que,
aun que pasen años luz, todo lo sufre en opresión,
todo lo cree sin imposición,
todo lo espera sin excepción y todo
lo soporta sin resignación.
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